Andrés de Urdaneta (1498–1568) fue uno de los últimos exploradores y navegantes de la Península Ibérica cuyos viajes contribuyeron a configurar el mundo casi como lo conocemos hoy. Sin embargo, son pocos los que identificarán su nombre con facilidad al margen de historiadores especializados. Mientras que Cristóbal Colón dio nombre a todo un país y varias ciudades, y Fernando de Magallanes tiene su famoso Estrecho, Urdaneta carece de conmemoraciones similares.

Esta omisión puede deberse a que Urdaneta no descubrió cómo llegar a ninguna parte. Su hazaña consistió en el hallazgo—algo menos glamuroso pero no menos importante—de cómo regresar. Hasta 1565 ningún barco había logrado navegar por el este desde Asia atravesando el Pacífico hasta las Américas atravesando el Pacífico. Fue Urdaneta, superviviente de una expedición anterior, quien por primera vez supo servirse de los vientos y corrientes propicios para atravesar las aguas inexploradas de este vasto océano.  Su descubrimiento fue llamado el tornaviaje.

La importancia de esta gesta fue reconocida ya en su tiempo: el rey de España lo había incluido como objetivo específico del viaje, y la llegada de Urdaneta a México fue motivo de celebración pública. En una carta de la época se puede leer: “Y los de México están muy ufanos con su descubrimiento, que tienen entendido que serán ellos el coraçón del mundo.”

Como veremos, estuvieron bastante acertados en su suposición. La ruta comercial que se creó a partir del descubrimiento de Urdaneta—la de los galeones de Manila—transportaba la plata de las Américas que sustentaba las reservas de moneda de China y acabó transformando la economía global. Esta Ruta de la Plata—o “Silver Way”—marcó un período en el que el comercio entre China y la América española se convirtió en el eje de rutas de comercio que enlazaban cuatro continentes. Fue a partir de este momento cuando el mundo comenzó a integrarse a través del comercio global y las redes financieras que forman la base de nuestro moderno mundo globalizado. Aquí se halla el origen de la economía global que aún existe hoy en día.

El descubrimiento de Urdaneta y su relevancia posterior han sido relegados, al menos en el ámbito anglófono, en a las polvorientas estanterías de los archivos históricos. Sin embargo, nuestro mundo globalizado de hoy, caracterizado por una fuerte interdependencia, tiene sus orígenes no en la Revolución Industrial sino en este período anterior. La relevancia tanto de la América española como de China en estos 250 años previos de integración global ha sido oscurecida y sustituida por la narrativa anglofóna dominante en todos los ámbitos, desde la economía a la tecnología o el poder militar.

China cada día encaja menos en esta narrativa. Su prominencia hoy sería más comprensible si retrotraemos doscientos años atrás el inicio de esta narrativa, y partimos de un momento en el que ni Nueva York ni Londres eran capitales financieras—un momento en el cual los Estados Unidos ni siquiera existían.

Si Urdaneta fue para a la globalización lo que Colón a América, ¿por qué ha sido olvidado en el mundo anglófono? Tanto el Galeón de Manila, como el comercio de la plata y el protagonismo del real de a ocho español prácticamente ni se mencionan en los textos de historia del ámbito anglófono salvo aquellos especializados en  este período o tema en concreto. Esta particular amnesia tiene fecha. El comercio de “Indias” en general y el de la plata en particular son centrales en muchos de los comentarios sobre economía que Adam Smith incluyó en su obra La riqueza de las naciones, publicada en 1776.

Sin embargo, es justo a partir de este momento, cuando el Imperio español comienza a desaparecer del escenario, mientras que los angloparlantes se encuentran con otras prioridades geopolíticas y económicas, la Revolución Industrial entre otras, que esa historia comienza a receder de la memoria común.

Desde la elevada perspectiva del dominio global, británico primero y estadounidense después, la encrucijada histórica que contribuyó al apogeo del imperio español se convirtió en algo parecido a un callejón sin salida—sólo tangencialmente relevante para el futuro progreso global. Doscientos cincuenta años de comercio sino-español fueron relegados—al menos en el mundo anglófono—a revistas especializadas de las que sólo recientemente han comenzado a reaparecer.

Urdaneta, como buen navegante, entendió la importancia de los mapas y cartas de navegación. Estas herramientas son necesarias para saber dónde se ha estado, dónde se va a ir y cómo regresar. A menos que, como ocurrió con las cartas de navegación de Colón, no lo sean. La realidad que Colón encontró no se adecuaba a sus cartas de navegación. Pero en vez de modificarlas para que se ajustaran a la realidad, Colón dedicó el resto de su vida a intentar que la realidad se acomodara a las cartas.

En la dominante narrativa histórica anglófona, la China del siglo XXI equivale a lo que las Américas fueron para las cartas de Colón. Una China en crecimiento no encaja en el modelo. China es una potencia mundial que aspira a desvincularse progresivamente de la estructura multinacional de instituciones construida con tanto esfuerzo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Ante tal perspectiva, no sorprende que la emergencia de China esté suscitando cierta inquietud.

China también desconcertó a los españoles que vivieron hace 450 años. Los españoles se encontraron con una China que restringía la navegación, ambicionaba y a menudo lograba sentar las bases del comercio y hacía las cosas a su modo, y que raramente se plegaba a la persuasión o al uso de la fuerza—una China, en otras palabras, que esperaba que el resto del mundo aceptara sus propias condiciones.

Dos siglos y medio de creciente dominio anglófono—que se acentuó principalmente en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial—no sólo se han traducido en una preeminencia política, militar y económica;  sino también en una constante invasión en cuestión de leyes, lengua, moneda, impuestos, filosofía, prácticas de negocio y otras prioridades generales en función de sus propias prerrogativas. ¿Qué podría revelar esta narrativa en un siglo XXI que cuenta con una China que ha regresado a su status quo ante?

Incluso los observadores más optimistas ahora se dan cuenta de que la resurgente China contemporánea no parece dispuesta a aceptar la parte que esta narrativa ha determinado para ella, ni tampoco cualquier otro papel salvo el de su propia creación. Las alternativas no son muy esperanzadoras. Términos que provienen tanto de la Segunda Guerra Mundial como de la Guerra Fría han circulado recientemente en referencia a posibles escenarios futuros.

La Ruta de la Plata, sin embargo, ofrece una tercera vía: la de una globalización en la que no cabe la convergencia ni el conflicto armado a gran escala, en la que ambas partes se integran pero permanecen independientes. En esta tercera posibilidad no se contempla que un lado progrese mientras que el otro se queda anclado, más bien reclama una relación de verdadero equilibrio—aunque sea un equilibrio inestable, sujeto a problemas,  cambios en términos relativos de comercio, con intereses y objetivos divergentes, y más que ocasionales malentendidos.

Es importante recuperar el papel de Asia en los orígenes de la época moderna dentro de la narrativa histórica predominante, es decir, actualizar nuestros mapas mirando al pasado. Una vez que lo logremos, muchas de las tendencias que ahora consideramos inevitables no parecerán ni siquiera tendencias. La conexión entre la narrativa de la Ruta de la Plata y la posterior narrativa anglófona es la plata, o mejor, la conversión monetaria y la integración de las economías del mundo a través de la moneda y de los mercados financieros. La conexión actual se mantiene por medio del dólar y el yuan, ambos descendientes del peso español. Si la relación entre China y Estados Unidos es realmente la más importante del mundo en el siglo XXI, los norteamericanos necesitan una estructura conceptual que no mida el crecimiento de China en base a un criterio histórico inadecuado.

El próximo medio siglo no necesita parecerse al inicio del siglo anterior, ni tampoco, esperemos, a mediados del siglo XX. Por el contrario, debería parecerse a la primera globalización mundial que existió a principios del siglo XVII. En aquel momento, Oriente y Occidente no se habían unido ni tampoco habían llegado a una incomprensible enemistad, sino que se mantenían en un equilibrio precario, basado a la vez en la cooperación mutua y en buscar cada uno sus propias ventajas.

Las historias es mejor empezarlas desde sus inicios. Esta en particular—la historia de nuestro mundo cada vez más integrado—comienza en el Pacífico alrededor de 1565 y no, como se suele creer, en la Europa occidental del siglo XVIII.